jueves, 15 de marzo de 2012

El baile de las lagartijas. David de Juan Marcos.

Título: El baile de las lagartijas.
Autor: David de Juan Marcos.
ISBN: 978-84-8460-966-7
Editorial Ediciones Temas de Hoy
Fecha edición: Mayo de 2011.
Páginas: 349.



He aprendido, después de muchos años dedicado a la crítica literaria y de haber leído centenares de libros, que nunca se deben tener ideas preconcebidas ante la lectura de un libro. Y que en la crítica literaria, es importante desprejuiciarse y mirar con ojos “limpios” para así poder apreciar y, a su vez, disfrutar de la historia que nos cuentan. Porque en el fondo, y esa es mi opinión personal, el arte tiene como fin último conmovernos, e incluso removernos, apelando a nuestra sensibilidad. Y creo que este acervo, que este bagaje vital y cultural, me ha resultado fundamental a la hora de enfrentarme a la lectura  y posterior análisis de “El baile de las lagartijas” de David de Juan Marcos, novela ganadora del XXVII Premio Internacional de Novela Ciudad de Valencia “Vicente Blasco Ibáñez”.  



He dedicado bastantes horas a reflexionar sobre este libro, antes de sentarme ante el ordenador para escribir esta reseña e intentar clarificar mis ideas. En cualquier caso y como suele habitual y a modo de una primera toma de posición, me gustaría precisar que “El baile de las lagartijas” me ha sorprendido. Eso sí, me ha sorprendido muy agradablemente. Creo que esta novela es “diferente” a toda esa pléyade de novelas fabricadas “en serie” que sobreabundan, en la actualidad, en los anaqueles de las librerías y que, en honor a la verdad, no aportan nada novedoso y especialmente reseñable. Y esta sorpresa inicial se convierte en auténtico pasmo al comprobar que su autor es un escritor novel y que ésta es su primera novela. También es cierto que, lógicamente, la novela adolece de algunos errores, manifiestamente mejorables y habituales en escritores noveles, achacables, obviamente, a la bisoñez  e inexperiencia del autor, como iré analizando, a continuación, de un modo más detallado.



Para orientar y situar, al eventual lector de esta reseña, creo que lo más adecuado es exponer, sucintamente eso sí, la sinopsis argumental de la novela. Me ha parecido bastante acertada la que nos propone la editorial en la contraportada del libro, por lo que voy a transcribirla.


“Cayute, personaje central de El baile de las lagartijas, realiza, ya en la vejez, un ejercicio de retrospección mediante el cual conocemos la historia de Almoneda, un territorio imaginario situado en la frontera entre España y Portugal. En esta suerte de viaje por la memoria colectiva del pueblo, iremos descubriendo un lugar inusual habitado por inclasificables personajes; como Carmelo Matarranz, un maqui que vive encerrado en un sótano cultivando un huerto de perniles con un mecanismo de poleas, o Sandalio, el pertinaz inventor de unas hamacas voladoras que jamás le llevarán al mar. Personajes cuyos destinos se verán determinados por el amor en todas sus variantes. Al mismo tiempo, seremos testigos de la pérdida irreparable de la infancia que para Cayute y sus amigos supone la irrefrenable devastación de Almoneda. También ellos se irán alejando progresivamente de ese territorio mágico, trasunto de la infancia y la inocencia. Solo Cayute cumplirá la promesa que hicieron de niños de no abandonar jamás ese universo íntimo y personal .Adrián, José María y Miguelito, cada uno a su manera, se desprenderán de Almoneda, atraídos por la gran ciudad, la pasión y el amor, contribuyendo con ello a su definitiva desaparición”.



Antes de entrar propiamente en el análisis de  “El baile de las lagartijas” de David de Juan Marcos, me gustaría precisar un detalle. Antonio Gala, hablando de esta novela nos dice “El libro más emocionante y hermoso en que se ha concretado, hasta ahora, el realismo mágico”. Aquí, y en mi modesta opinión, tengo que discrepar con la opinión de D. Antonio Gala. Un poco más arriba comentaba que antes de redactar esta reseña he dedicado varias horas a reflexionar, y uno de los aspectos en los que más he incidido en esa reflexión ha sido éste. Honestamente no creo que “El baile de las lagartijas” sea un novela que beba en las fuentes del realismo mágico hispanoamericano, aunque también soy consciente de que la argumentación  de este aserto nos llevaría a una discusión totalmente fuera del ámbito de esta reseña.  Personalmente, cuando leía la novela, me recordaba, en cierto modo,  a Miguel Delibes y, en especial, a su novela “El camino”. Por eso creo que más que con los autores del realismo mágico, nuestro autor entronca directamente con la literatura castellana del siglo XX. Aunque reconozco que también David de Juan Marcos, me evoca reminiscencias de Manuel Rivas.



Comentaba más arriba que he quedado gratamente sorprendido por esta novela, con sabor a buena literatura. Especialmente considerando que es una novela diferente, tanto en su planteamiento como en su temática. Pero me ha gustado, fundamentalmente, por el uso que hace el autor de esa prosa poética tan eufónica, tan plena, tan rica en matices, “colores” y evocaciones. Como ejemplo de ese uso plástico, tan sensorial y visual voy a transcribir unas líneas de cómo un personajes ciego percibe a su amada (realmente el libro está plagado de ejemplos que merecerían la pena citarse, pero me voy a constreñir solo a uno).


 
“La falta de estímulos visuales había desarrollado en Tobías un sentido del olfato prodigioso que le permitía adelantarse a los demás. Era capaz de localizar a Margarita Samaniego en cualquier momento y en cualquier lugar del pueblo. Su aroma le devolvía destellos azules y verdes de cuando era niño, atardeceres dorados en los que el mundo solo tenía el límite de su propia visión y la luz lo empapaba todo con temperaturas, texturas y densidades. Años después confesaría que durante aquellos meses tuvo la esperanza de recuperar la vista al lado de Margarita, y que en verdad cada vez que se acercaba a ella creía hacerlo”.



Comentario aparte merecería toda la riqueza de tropos literarios y estilísticos, una auténtica bacanal que se condensa en las páginas de la novela y nos embriaga de belleza. Supongo que se me habrán escapado muchos pero, entre otros, se aprecian: sinestesias, metáforas, sinécdoques, metonímicas, metáforas, aliteraciones, paranomasias, etc, etc. Sin duda “El baile de las lagartijas” es toda una lección práctica del uso estético y preciosista de la lengua castellana.



Tras una lectura atenta resulta indudable que “El baile de las lagartijas” es una novela muy trabajada, muy pulida. Como decía Edison: "El genio es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración". Y eso se aprecia, fundamentalmente, en que el texto fluye sin estridencias, mansamente como un arroyo, y eso, aunque parezca paradójico, es algo muy complicado y que requiere mucho trabajo y esfuerzo de contención y de muchas “galeradas”.  Estructuralmente es una novela claramente coral, en la que bullen decenas de personajes y múltiples tramas y subtramas. Pero es ahí, precisamente, y según mi opinión, donde falla la novela. La sensación que tuve tras la lectura de “El baile de las lagartijas” es que el texto está construido sobre el relato de muchas pequeñas historias. Pero, hay que tener en cuenta que una novela, propiamente, no es una suma de pequeñas historias. Es algo más. Aunque es cierto que hay un hilo argumental principal, que sería la historia de los cuatro amigos, pero reconozco que, en mi opinión, no acaba de convencerme. En definitiva, es una novela, como es lógico, de un autor en proceso de aprendizaje de los mimbres del arte literario.



“El baile de las lagartijas” es una novela escrita con mucho sentido del humor, en algunos momentos francamente hilarante. Me ha resultado especialmente divertido todo el relato que hace referencia a Sandalio Cordones. Ya simplemente su nombre, descacharrante, demuestra el sentido del humor del autor. Pero a pesar de su humor en esta novela subyace un fuerte sentimiento de melancolía, de olvido, de añoranza por esa vida rural que se nos va escapando, sin quererlo, entre los dedos. Especialmente me ha gustado el final de la novela, aunque como es obvio no voy a “destriparlo”, porque creo que merece la pena leerse esta novela. Esto me da pie para hablar, aunque sea un poco por encima del uso que el autor hace de los personajes en esta novela. Su trazo es sencillo y funcional, como por otra parte es lógico en una novela eminentemente coral. Pero echo de menos, sobre todo en algunos personajes principales, un mayor estudio en profundidad. Da la sensación de que algunos personajes quedan algo incompletos. La narración corre a cargo de un narrador omnisciente, elección evidente y muy acertada por parte del autor para contarnos esta historia.



Otro de los puntos positivos de esta novela y que a mí, particularmente, me ha interesado mucho es el estudio sociológico, y me atrevería a decir que incluso etnológico, que David de Juan Marcos nos plantea sobre el mundo rural. Y esa cultura intuitiva, llena de esa sabiduría ancestral que tenían antiguamente los habitantes de los pueblos. Aquí de nuevo vuelve a mi memoria Miguel Delibes y su novela “El disputado voto del Señor Cayo” y sus similitudes con esta novela. También me ha resultado interesante toda la peripecia de Carmelo Matarranz, ese maqui que vive oculto, literalmente enterrado en vida, en casa de su hermana por miedo a ser detenido.



Independientemente de todo lo ya expuesto, creo que David de Juan Marcos es un autor interesante y que merecerá la pena seguir, con atención, su trayectoria literaria en el futuro. El autor apunta maneras y talento, aunque todavía le queda un largo camino de aprendizaje por recorrer. Ardo en deseos de leer su próxima novela que nos permitirá aquilatar aún más nuestra opinión. Como decía al principio he meditado mucho antes de escribir esta reseña y me he dado cuenta que, tal vez más adelante, sería conveniente ampliar este blog literario “Las bizarrías de Belisa” con una sección dedicada, en exclusiva, a nuevos autores que intentan abrirse camino en este mundo de la literatura. Más que nada porque, evidentemente, resulta complicado juzgar y valorar una novela de un joven autor en igualdad de condiciones con grandes autores consagrados que han pasado por este blog: Henning Mankell, Paul Auster, Haruki Murakami, Javier Marías, Álvaro Pombo, Javier Moro, Inma Chacón, etc….



A modo de resumen, creo que “El baile de las lagartijas” es una novela muy interesante y audaz, por su planteamiento y por su enfoque, cosa de agradecer y que David de Juan Marcos escribe con una prosa hermosa y lírica que es una delicia leerla. Sin ninguna duda creo que es una lectura recomendable, entre otras cosas, porque es algo diferente a lo que nos tiene acostumbrados la dictadura del mercado editorial en la actualidad.

© Luis Alberto Cao

Dicho todo lo cual y valorando todo lo referido en la presente reseña y siendo fiel a mi conciencia y a modo de entender el arte literario,  creo que la puntuación que haría más justicia a “El baile de las lagartijas” del autor salmantino David de Juan Marcos, sería de un 7,50/10.


lunes, 12 de marzo de 2012

Zapatos italianos. Henning Mankell


Título original: Italienska skor.
Autor: Henning Mankell.
Traducción: Carmen Montes Cano.
Editorial: Tusquets Editores
Colección: Andanzas.
ISBN: 978-84-8383-025-3.
Páginas: 372.



El amor es una mano blanda que, muy despacio, hace que el destino se aparte” (Sigfrid Siwertz)

“La vida es una frágil rama que se mece en el abismo” (Zapatos italianos. Henning Mankell)



“Zapatos italianos” de Henning Mankell, es una novela peculiar, diferente y atípica, dentro de la producción de este gran autor sueco. Texto introspectivo y denso en emociones contenidas, que Mankell sabe manejar eficazmente, especialmente por esa atmósfera que sabe crear, por esa influencia en que los factores climatológicos y ambientales influyen sobre los personajes. Dicho lo cual, ya resulta evidente que “Zapatos italianos” es una novela muy alejada, eso sí, aparentemente, de su serie de novelas negras del inspector Kurt Wallander. A modo de una primera aproximación, grosso modo, me gustaría reseñar que me ha parecido una buena novela, como todas las suyas, con un impecable planteamiento formal, con un dominio absoluto del ritmo narrativo, con una hermosa capacidad descriptiva, pero que, en mi opinión, conforme avanza en su desarrollo se le va yendo de las manos. Más adelante me detendré, con más detalle, a la hora de su análisis más pormenorizado.


Como viene siendo habitual y para situar al lector en el contexto de la novela que estoy reseñando, voy a transcribir la contraportada del libro, en el que se nos ofrece una breve sinopsis argumental de la novela, que creo bastante ajustada a la realidad:



“Fredrik Wellin, médico retirado, vive solo en una isla cercana a la costa sueca, hasta que la llegada de un antiguo amor al que abandonó en el pasado irrumpe en su monótono pero buscado aislamiento. Se trata de Harriet, quien, gravemente enferma, ha venido a pedirle que cumpla la antigua promesa de juventud de llevarla a una laguna al norte del país. Harriet trae consigo a Louise, una hija de ambos, de cuya existencia él nada sabía. Obligado, ahora, a asistir al lento final de Harriet y a crear unos vínculos paterno-filiales con quien, en realidad, es una desconocida, Fredrik iniciará un viaje hacia su propio dolor. Los errores del pasado sepultados en la soledad de la isla reavivan sus remordimientos. Entre ellos, el terrible secreto que lo alejó de la profesión y por el que decidió huir del mundo. Así, el implacable invierno nórdico y el inhóspito paraje en el que habita el protagonista son un reflejo de su interior. Y la atmósfera de vacío y muerte que se extiende en esa inmensidad glaciar es el castigo que se inflinge a sí mismo. Atormentado por la culpa, Fredrik deberá saldar cuentas con el pasado para, ya en la vejez, recuperar la capacidad de vivir en compañía sin esconderse de la realidad”



Después de la lectura atenta y minuciosa de la novela, reconozco que he sentido una sensación de desasosiego. Sí, de desasosiego; por el planteamiento tan crudo que Mankell nos propone la narrarnos esta historia tan descarnada. Una historia, fundamentalmente de soledad, de olvido, de decepción. “Zapatos italianos” nos propone que, en la mayoría de los casos, las decisiones que tomamos en un momento dado, sobre todo en lo relativo a nuestra vida personal y afectiva, terminan pesándonos y cuando queremos arrepentirnos de las decisiones tomadas vemos que  ya no tiene solución.




Me gustaría detenerme, especialmente, en el estudio psicológico tan profundo que Mankell realiza en esta novela de los personajes. Particularmente del protagonista Fredrik Wellin, que además adopta la voz del narrador. Me cuesta recordar otra novela, que haya leído recientemente, con una penetración psicológica tan grande. Leyendo “Zapatos italianos” es difícil que el lector pueda sustraerse de meterse en la piel de este atormentado personaje, que no sienta los remordimientos, la soledad y el dolor que arrastra. Un personaje que ha pasado una infancia falta de afecto, sobre todo por parte de su madre. Pero, sin embargo, resulta inevitable establecer un vínculo de simpatía con él. Magnífica, también, la caracterización del personaje de Harriet, que como veremos al final, y con esto no creo reventar la novela, no es lo que parece. Como comenté un poco más arriba, es muy importante en Mankell la utilización e influencia de los fenómenos climatológicos. Henning Mankell además de ser un gran narrador es un buen creador de atmósferas, y en esta novela se ve con mucha claridad. El duro invierno sueco, la nieve, los hielos y, sobre todo, ese silencio omnímodo, que es uno de los grandes protagonistas y que nos enmarcan el tono del relato que el autor nos describe; por cierto muy apropiado para la finalidad artística que persigue. Es evidente que este descarnado relato no “funcionaría” igual en otro clima, o en otra latitud.


En “Zapatos italianos” el autor, un autor profundamente implicado en los problemas sociales, vuelve a fustigar, con certeza, los males que aquejan a nuestra sociedad actual. Especialmente se ve muy bien en la parte en que Fredrik, quiere conocer a Agnes Klarström, la mujer a la que por error, cuando éste ejercía la medicina, le amputó un brazo sano por error. Agnes, que nunca pudo admitir que había perdido un brazo, se dedicó a cuidar a muchachas inmigrantes con problemas y así encontró un sentido a su existencia. Pues bien, en el trato que reciben estas pobres muchachas Mankell nos muestra, bien a las claras, su conciencia social y su idea de la justicia social. En otro lugar de la novela nos hablará de esos muros, que rompen la justicia social:


“Existe aquí un sistema de muros invisibles que no para de crecer, que separa a la gente, que hace crecer las distancias. Si te sientas en un metro de Estocolmo y vas a los suburbios, verás que la distancia en kilómetros no es muy larga pero en realidad es gigantesca”.


 
Como comentaba al principio de esta reseña, la novela, en mi opinión, sigue una trayectoria claramente descendente. El comienzo es francamente bueno, con esos trazos con los que el autor nos pergeña la vida rutinaria y gris del protagonista y cómo la llegada de Harriet con su andador por en medio del manto blanco de la nieve, trastoca y trastorna su vida. Sin embargo en la parte final (no daré muchas pistas para no reventar la novela) “Zapatos italianos” empieza a diluirse y desdibujarse y para mi gusto empieza a perder interés. Me gustaría citar, particularmente, una escena que me ha dado mucho que pensar antes de reseñar y analizar esta novela y que reconozco que, como analista y crítico, me ha desconcertado. Y la verdad es que, honestamente, no he conseguido encontrar el sentido que, probablemente, Mankell nos quería sugerir. Para mí tiene un claro aire expresionista, pero me ha resultado muy ajeno a la novela. Lo mejor que puedo hacer es transcribirla literalmente, para someterla a la consideración del lector de esta reseña:


“Más tarde, aquella misma noche, hice algo que jamás llegaría a comprender. Fui a buscar una pala y cavé en el lugar donde el perro estaba enterrado. No tardé en toparme con el cuerpo en descomposición. Y desenterré todo el cadáver. La corrupción se había producido con gran rapidez. Los gusanos ya habían devorado la mayor parte de las mucosas de la boca, los ojos y los oídos y habían abierto el estómago. A la altura de la apertura anal había una bola blanca formada por gusanos. Dejé la pala y fui a buscar al gato, que dormía en la casa, tumbado en el sofá. Lo tomé en mis brazos y lo posé sobre el perro muerto. El gato dio un salto en el aire, como si se hubiese encontrado con una víbora, y desapareció por la esquina de la casa; allí se dio la vuelta, dispuesto a continuar su huida. Tomé en una mano algunos de los mantecosos gusanos y me pregunté si sería capaz de tragármelos o si las arcadas me lo impedirían. Después, los arrojé sobre el perro y volví a cubrir la tumba”.



A lo largo de todo el texto vemos que el tema de la vejez y de la muerte gravita constantemente en sus páginas. No cabe duda que es una lúcida y, a su vez, despiadada reflexión sobre el hecho de la vejez y de cómo el peso de los recuerdos nos van doblegando con esa nostalgia que se ceba en nosotros. Creo que en este fragmento Mankell nos narra, con una gran belleza poética y con una gran crudeza, ese sentimiento de angustia:


“Quiero decirte algo que seguramente ya sospechas, jamás he amado a un hombre como te amé a ti. Por eso te busqué, para reencontrarme con ese amor. Para devolverte la hija que te había arrebatado. Pero, ante todo, porque quería morir cerca del hombre al que siempre he amado. Tampoco he odiado a nadie como te odié a ti. Pero el odio duele y yo ya tengo bastante dolor”.



Me ha resultado especialmente interesante toda la parte en que Mankell nos narra la historia del anciano zapatero Giaconelli Mateotti y cómo este artesano que emigró desde Italia a Suecia fabrica sus zapatos. Auténticas obras de arte, de hecho únicamente fabrica dos o tres pares de zapatos al año. Es todo un placer leer la descripción tan preciosista que Mankell nos hace de cómo se fabrican esas auténticas piezas de museo. Reconozco que me ha encantado todo ese proceso de fabricación artesanal y cómo el autor nos lo describe con tanta belleza y con tanto detalle.



Tratándose de Henning Mankell es lógico que también en “Zapatos italianos” aparezca su amor por la ópera. De hecho en las novelas de la serie de Kurt Wallander, este trasunto literario del autor es un gran amante de la ópera. En esta novela el autor nos citará al eximio  tenor lírico sueco Jussi Björling (1911-1960). Veremos cómo también en uno de los momentos más emotivos de la novela uno de los personajes cantará el Ave María.



“Zapatos italianos” es una novela que provoca una sensación de tristeza infinita tras su lectura y nos deja un amargo sabor de boca. Es el reflejo de esa desilusión vital que sentimos, por lo general, cuando llegamos al término de nuestra vida, y toda somos conscientes de todas esas “ilusiones perdidas”.


“- A uno le hacen promesas sin cesar -prosiguió ella-. Nos hacemos promesas a nosotros mismos. Escuchamos las promesas de los demás. Los políticos nos hablan de una vida mejor para los que envejecen, de una sanidad donde nadie sufra en la espera. Los bancos nos prometen mejores intereses, los alimentos nos prometen mejor línea y las cremas nos garantizan una vejez con menos arrugas. La vida no consiste más que en navegar en nuestra pequeña embarcación cruzando un mar de promesas siempre cambiantes pero inagotables. ¿Cuántas de esas promesas recordamos? Olvidamos lo que queremos recordar y solemos recordar aquello de lo que más deseamos librarnos. Las promesas no cumplidas son como sombras que danzan a nuestro alrededor en el ocaso. Cuanto más me acerco a la vejez, más claras las veo”.



A modo de resumen, y para no extenderme ya mucho más en esta reseña, me gustaría precisar que “Zapatos italianos” es un novela desasosegante, que deja un amargo sabor de boca y que, en mi opinión, tras su lectura nos deja pensativos. Sin embargo, como ya comenté más arriba creo que sigue una línea descendente, en cuanto al interés narrativo se refiere. Aunque entiendo que es tremendamente complicado mantener esa línea ascendente en un texto, tan “cerrado y asfixiante” como éste.


Por todo lo ya referido y de acuerdo a mi manera de entender el arte literario, creo que la puntuación más ajustada y que hace más justicia a la novela “Zapatos italianos” de Henning Mankell sería de un 7,00/10.


© Luis Alberto Cao

(Para ilustrar la reseña os dejo un curioso video que nos muestra cómo se fabrican los zapatos artesanalmente) 


viernes, 9 de marzo de 2012

El lector de Julio Verne. Almudena Grandes


Título: El lector de Julio Verne
Autor: Almudena Grandes
Editorial: Tusquets Editores.
Colección: Andanzas.
ISBN: 978-84-8383-388-9
Fecha 1ª edición: Marzo 2012.
Páginas: 417.


  A Alberto Vázquez.
 
“No se puede vivir así, Antonino, así no se puede vivir, porque mañana es fiesta, pero pasado habrá que ir a la compra, y me tocará hacer cola con las mujeres, con las madres, con las hermanas de esos a los que acabáis de romper todos los huesos, y no tendré valor para mirarlas a la cara, ¿me oyes?, me faltará el valor, y tus hijos saldrán a la calle, a jugar, y los otros niños no querrán ni rozarse con ellos, les tratarán como a unos apestados, y tú no te enterarás de nada, claro, tú, como llevas uniforme, pues…” (El lector de Julio Verne. Almudena Grandes)



Hoy este blog literario se viste de gala para recibir a una de las escritoras más importantes, más originales, estilísticamente hablando, y más dotadas del panorama literario en lengua castellana. Y para mi es todo un placer reseñar la novela “El lector de Julio Verne”, segunda novela de la monumental serie “Episodios de un guerra interminable”, de la escritora madrileña Almudena Grandes. Ésta es, en mi opinión, una de las mejores novelas que ha escrito, últimamente, Almudena Grandes, como pasaré a analizar detalladamente más adelante. Pero, a modo de adelanto, comentaré que me ha gustado e interesado mucho cómo la autora ha enfocado el relato de esta historia. Y cómo, amparándose en la mirada inocente de un niño, Almudena Grandes enfatiza, por oposición, su inocencia con toda la maldad y todo el odio que se desató durante la  guerra civil y la subsiguiente y feroz represión, por parte de los vencedores, a lo largo de toda posguerra. Sin embargo en esta novela, alejada de todo maniqueísmo fácil, veremos que todos, absolutamente todos, perdieron en aquella contienda.



A modo de introducción y, como es habitual, para situar al lector de esta reseña, voy a transcribir la breve sinopsis argumental que aparece en la contraportada de la novela:


Nino, hijo de un guardia civil, tiene nueve años, vive en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra Sur de Jaén, y nunca podrá olvidar el verano de 1947. Pepe el Portugués, el forastero misterioso, fascinante, que acaba de instalarse en un molino apartado, se convierte en su amigo y su modelo, el hombre en el que le gustaría convertirse alguna vez. Mientras pasan juntos las tardes a la orilla del río, Nino se jurará así mismo que nunca será guardia civil como su padre, y comenzará a recibir clases de mecanografía en el cortijo de la Rubias, donde una familia de mujeres solas, viudas y huérfanas, resiste en la frontera entre el monte y el llano. Mientras descubre un mundo nuevo gracias a las novelas de aventuras que le convertirán en otra persona, Nino comprenderá una verdad que nadie ha querido contarle. En la Sierra Sur se está librando una guerra, pero los enemigos de su padre no son los suyos. Tras ese verano, empezará a mirar con otros ojos a los guerrilleros liderados por Cencerro, y a entender por qué su padre quiere que aprenda mecanografía”.



Almudena Grandes es una grandísima escritora, que en cada nueva novela que va publicando se puede ver cómo va puliendo y perfeccionando aún más su estilo y su técnica. De hecho, y en mi opinión, ha conseguido crear un estilo propio, un modo inconfundible de escribir que le otorga ese sello propio, patrimonio únicamente de los grandes autores. Cómo iremos analizando, la autora utiliza algunos recursos estilísticos, muy propios de su narrativa, de un modo tan magistral que le hace diferente e inconfundible a los demás autores. Desde la publicación de su monumental novela “El corazón helado”, es cierto que  últimamente ha escrito mucho sobre el tema de la guerra civil, que indudablemente es una temática muy agradecida y muy recurrente, repleta de historias y de dramas humanos muy susceptibles de ser novelados.


“El lector de Julio Verne” es, en mi opinión, una de las mejores novelas de Almudena Grandes. Es una novela muy en la línea de las novelas del escritor británico Ruyard Kipling, en esa preocupación suya por la infancia, por la pérdida de la inocencia de los niños y cómo todas esas experiencias traumáticas de la infancia terminan marcando nuestra madurez. También me ha gustado mucho ese enfoque del valor sublimador de la triste realidad por parte de la literatura. Veremos cómo a través de los libros de Julio Verne, Nino descubrirá un mundo nuevo, despertará a una nueva vida, tan alejada y tan distinta de aquélla tan triste y gris constreñida a los muros de la casa cuartel donde vivía. La autora nos describe perfectamente ese ambiente de tensión, de odio, de miedo que se vive en el pueblo y cómo el rencor va enraizando.



Si por algo destaca Almudena Grandes es por su gran capacidad en la creación de personajes y en su domino para insuflarles y dotarles de vida. En esta novela, coral como la mayoría de los últimos relatos de la autora, Almudena pone mucho cariño a la hora de dibujarnos el mundo de los niños (tiene algunas escenas realmente bellísimas y escritas con una delicadeza y un preciosismo sorprendente). Aunque aquí me gustaría detenerme, aunque sea someramente, para hacer una consideración. Uno de los grandes problemas a los que se enfrenta un autor cuando aborda la redacción de una novela protagonizada por niños es su caracterización y cómo hacerles verosímiles. En el caso de Nino, me resulta difícil creerme que tenga nueve años. Me explico. Nino habla como un adulto y tiene una madurez propia de un adulto y en algunos momentos demuestra la picardía y la astucia de un adulto. Y éste es, en mi opinión, el auténtico “talón de Aquiles” de esta novela, que me ha hecho distanciarme, por decirlo de alguna manera, del relato, restándole verosimilitud, porque me resultaba difícil creer que este niño tuviese esa madurez, absolutamente impropia de sus nueve años. Y para mí ha sido una auténtica pena porque, a pesar de esta mala caracterización del protagonista,  y como decía más arriba, creo que tanto por su planteamiento, como por la belleza del relato es una de las mejores novelas de Almudena Grandes. Una lástima.


En “El lector de Julio Verne” asistimos a una serie de subtramas que se van imbricando con el relato principal. Estas tramas accesorias resultan fundamentales en el relato, porque nos van dando otros ángulos para apreciar la realidad desde otros puntos de vista. Voy a permitirme, a modo de ejemplo, referir una de estas “funcionales” subtramas. Es el relato de D. Eusebio, el maestro y Regalito, uno de sus alumnos. Un día D. Eusebio echa la bronca a un niño pequeño, Severino el Potajillo, porque iba a la escuela prácticamente vestido con harapos, porque su madre quería reservarle la ropa para el invierno. Regalito, otro de los alumnos, se levantó al ver el modo en que D. Eusebio regañaba al niño y le dijo: “Usted conoce a este niño, sabe cómo viven en su casa y que a su padre lo fusilaron, que su madre trabaja como una mula y no da abasto, porque tiene cuatro más. ¿Por qué lo maltrata, si usted no es así, si yo le conozco y sé que usted es un buen hombre, un buen profesor y  una persona decente?” Obsérvese la fuerza narrativa que tienen estas subtramas y cómo la autora se vale de ellas para evitar que la figura del narrador nos tenga que dar demasiados datos y explicaciones, lo que iría en perjuicio de la fuerza “plástica” de la narración. Siempre, creo yo, resulta más efectista que nos cuenten la historia los propios personajes, a través de sus acciones, que delegarlo en la figura de un narrador omnisciente, y por tanto ajeno al propio relato.



 
Como comenté al principio de la reseña, Almudena Grandes es una escritora técnicamente muy dotada y a lo largo de la novela aparecen decenas de ejemplos que lo corroboran. He elegido algunos para mostrar ese uso tan “plástico” que hace del lenguaje y que es tan particular en su narrativa:


“ … cuando había recorrido más de la mitad del trecho que nos separaba, fui consciente de mi propia ropa, mis pantalones verdes, viejos, con las rodilleras tan descosidas que parecían sacar la lengua para reírse de mis piernas en cada zancada”.


¿Y qué hago yo ahora?, pensé mientras la veía marcharse, taconeando con tanta decisión como si pretendiera pisotear en cada baldosa el flamante envoltorio de mi aplomo recién estrenado”


“ Ya nadie le daría a beber de su copa de coñac, ni bucearía en su boca con la lengua a la luz de las bombillas de una noche de verbena…”



Pero si en algo podemos considerar a Almudena Grandes como una virtuosa es en la creación de los relatos paralelos, yo diría más bien yuxtapuestos, en que se van contrapunteando dos acciones. Y generalmente esas dos acciones son antitéticas provocando un interesante efecto dramático. En “El lector de Julio Verne” tenemos varios relatos de este tipo, pero creo que es especialmente sugerente cuando la autora nos narra paralelamente los gritos que profieren los detenidos mientras son torturados, con las canciones que cantan los niños para no tener miedo al escuchar esos alaridos lastimeros.



Mi hermana lloraba y yo seguía escuchándolo todo, sabiéndolo todo, ahora que vamos despacio, y era imposible porque los calabozos no estaban lejos pero había paredes, puertas cerradas, ahora que vamos despacio, y ya no sabía lo que oía  lo que me imaginaba, vamos a contar mentiras, tralará, pero cuando empezaba a dudar de mis oídos, vamos a contar mentiras, tralará, todo volvía a empezar, vamos a contar mentiras, no me peguéis más, si yo no sé nada, por favor, por vuestra madre, no me peguéis más, por el mar corren las liebres, y por el mar corrieron, por el monte las sardinas, hasta que mi hermana se quedó dormida, pegada a mí, abrazada a mi cuerpo como un naufrago se agarra a una tabla…”


El elenco de los personajes que pueblan las páginas de “El lector de Julio Verne” es amplio y abigarrado. Me gustaría destacar entre esa pléyade de personajes fundamentalmente a dos: por uno lado a  Antonino, el padre de Nino y guardia civil, ese hombre torturado y con un resto de conciencia que tiene que enfrentarse a ese constante dilema entre seguir actuando contra su conciencia o dar de comer a sus hijos y, por otro lado, a Pepe el Portugués, ese enigmático personaje que será la figura vertebradora de todo el relato y que al final nos dará la clave de la novela.



En “El lector de Julio Verne” Almudena Grandes nos va a dibujar un relato sin buenos ni malos, al menos esa es mi opinión, sino que nos va relatar una historia en la que todos perdieron. Una historia en la que los avatares de la guerra pusieron a miles de personajes en el bando equivocado y que ya no pudieron volver abiertamente a defender sus ideas. En la novela veremos cómo las leyes franquistas y especialmente la ley promulgada por la Jefatura del Estado del 12 de julio de 1940 que impulsaba la depuración de todos los miembros de las fuerzas armadas que hubieran mostrado el menos indicio de simpatía, e incluso neutralidad, por las instituciones o partidos republicanos antes de la sublevación de 1936, incluso aunque más tarde hubieran luchado en el bando rebelde.  A partir de entonces para formar parte del Cuerpo, sólo existió una condición inexcusable, la lealtad ciega e incondicional al régimen de Franco.



Me gustaría recomendar al lector de esta novela que reparase en algunas escenas. Por ejemplo en la escena en la que dialogan Nino y Pepe el Portugués, mientras está último está exprimiendo unos limones para hacer una limonada. Sin embargo algunas escenas, en mi opinión, no me han gustado mucho. Sin ir más lejos, no me ha gustado esa especie de epílogo final a la novela que sería el capítulo IV, titulado “Esto es una guerra  y no se va a acabar nunca” que, en mi opinión, rompe con el ritmo del relato. A mi, personalmente, me hubiese quedado mejor sabor de boca sin ese último capítulo  a modo de estrambote. También me gustaría, finalmente, destacar que tanto “Inés y la alegría” como “El lector de Julio Verne” muestran algún punto en común, con intención de unificar, de algún modo, ambos relatos. En concreto en esta última novela aparece una fotografía que está tomada a la puerta de un bar o restaurante. En el toldo del local pone “Casa Inés, la cocinera de Bosost”.



Cada día me resulta más difícil constreñirme a reseñar las novelas sin excederme en exceso, y sobre todo, cuando hablamos de textos tan ricos en matices y tan importantes que dan lugar a extenderse en los comentarios y en las consideraciones. A modo de resumen, y para ir terminando, creo que “El lector de Julio Verne” es una gran novela, una magnífica novela, que si no fuera por algunos “detalles”, como he ido explicando y mostrando a lo largo de la reseña, podía haber sido magistral. Sin ningún género de dudas creo que es una novela muy recomendable para su lectura. Creo, honradamente, que no resulta especialmente tendenciosa, sino que se limita a referir un hechos reales y verosímiles y nos muestra cómo en ambos bandos hubo gente buena que no estuvo de acuerdo con los abusos y tropelías que se cometieron. Sin duda una novela necesaria para entender nuestro pasado y no volver a repetir los errores que cometimos.



Dicho todo lo cual y considerando todos los méritos aducidos, creo que la puntuación más ajustada y que más justicia hace a la novela “El lector de Julio Verne” de la escritora Almudena Grandes, sería de un 8,50/ 10.


© Luis Alberto Cao

 (Como viene siendo habitual y a modo de ilustración de esta novela, he colgado un par de videos. En el primero Almudena Grandes nos hablará de los personajes principales de su novela “El lector de Julio Verne” y en el segundo asistiremos a una interesante conferencia que impartió en el Instituto Cervantes de la ciudad holandesa de Utrech).





domingo, 4 de marzo de 2012

Tiempo de arena. Inma Chacón.

Título: Tiempo de arena.
Autor: Inma Chacón
Editorial: Planeta

ISBN: 978-84-08-10483-4
Fecha edición: Noviembre de 2011.
Páginas: 430.


El pasado sólo es arena depositada en el globo inferior de un reloj. Tiempo de arena silenciosa y quieta, que sólo tiene sentido si una mano la hace girar y le devuelve el movimiento”.



De vez en cuando, y sólo muy de vez en cuando, tiene uno esa peculiar e inefable sensación, al cerrar un libro después de su lectura, de que ha asistido a algo mágico, como si el tiempo se hubiese detenido, adentrándonos dentro de esa historia que nos ha resultado más real y más vívida que la propia realidad. Y ésta ha sido una de esas contadas e irrepetibles ocasiones. Y ahí está la esencia del arte literario. Me gustaría ilustrar este comentario con una anécdota que creo que ilustra muy bien  lo que me gustaría expresar. Cuentan que, en cierta ocasión, un famoso y ya anciano escritor fue invitado al teatro, para asistir a un estreno e iba acompañado de toda una pléyade de seguidores y admiradores. En un determinado momento nuestro autor se emocionó con la obra y se puso a llorar abiertamente. Uno de sus admiradores, que estaba a su lado le dijo: “Pero hombre, ¿cómo se pone usted a llorar de esa manera si ya sabe que todo esto es mentira?”. A lo que nuestro autor respondió: “Ya lo sé, pero lo que siento aquí, en mi corazón, es de verdad”.




Me he permitido esta pequeña digresión antes de comenzar la reseña de la novela “Tiempo de arena” finalista del Premio Planeta 2011, de la escritora segedana Inma Chacón, porque me ha parecido de justicia y muy merecido a la vista de sus abundantes méritos. Tengo que reconocer, a modo de una primera toma de posición, antes de entrar más a fondo en su exhaustivo análisis, que “Tiempo de arena” es una novela excepcional, magnífica, ubérrima en detalles literarios y escrita con una belleza, con un aroma a buena literatura y un extraordinario dominio del oficio que a mí, personalmente, me ha emocionado. Es un auténtico placer, para mí, sentarme al ordenador a escribir la reseña de esta novela que ha conseguido “atraparme” durante sus más de 400 páginas y, lo que es más importante, no decepcionarme prácticamente en ningún momento.


Como ya es habitual, comenzaré, con la loable intención de situar al eventual lector de estas páginas, con una somera sinopsis argumental de la novela. En esta ocasión voy a transcribir el texto que aparece en la contraportada del libro, a modo de aperitivo para su lectura:



“En el lecho de muerte, María Francisca, miembro  una noble familia de Toledo, clama desesperadamente por sus hijos. La tensión es enorme: nadie de los presentes conocía que la joven hubiera tenido descendencia. Su madre niega sus palabras, pero sus tías no dejarán de preguntarse qué hay de verdad en ellas.
Comienza así una apasionante inmersión en la historia de las mujeres Camp de la Cruz, Mariana, Munda y Alejandra, herederas de un hacendado español, y de sus irreconciliables diferencias vitales en la búsqueda de la felicidad. La masonería femenina, la lucha por la igualdad y la tradición frente a la modernidad a finales del siglo XIX y principios del siglo XX son algunos de los temas que jalonan este relato apasionante que no dejará indiferente a ningún lector”.



Como resulta evidente tras la lectura de la sinopsis “Tiempo de arena” es una novela de mujeres, pero sin embargo no es una novela “femenina” y, en mi opinión, esta sería una matización importante a la hora de acercarnos al análisis de esta obra. A través del relato veremos cómo las hermanas protagonistas se enfrentarán de diferentes modos, dependiendo de sus respectivas personalidades, a la situación de la mujer en la España de finales del XIX y principios del XX. La autora ha sabido “agarrar” firmemente el relato y no dejarse llevar por él. La historia que nos cuenta “Tiempo de arena”  en manos de un escritor (o escritora) menos dotado, hubiera conducido, con toda probabilidad, a un irremediable y trasnochado folletín. Pero, sin embargo, Inma Chacón está siempre muy por encima de la historia que nos está narrando, manteniéndose muy auto contenida y éste, creo yo, es uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoya el éxito artístico y literario de esta novela. En cualquier caso voy a intentar ser lo más sistemático posible, de cara al lector de esta reseña, a la hora de analizar este texto.



Uno de los  puntos fuertes de la novela, es el uso del lenguaje del que hace gala Inma Chacón. Su prosa, hermosamente plástica y descriptiva, siempre eufónica, plena y con un hermoso matiz lírico, y llena de voces y reminiscencias que apelan directamente a la sensibilidad de lector, es el vehículo ideal para narrarnos esta historia intimista y familiar. Sus descripciones, como decía un poco más arriba, son ampulosas y detallistas, voy a permitirme transcribir un pequeño ejemplo, de los muchísimos que se podrían poner, que aparece al comienzo de la novela:


“Sobre la puerta de cedro de su habitación, oscura y fría como todos los muebles que la rodeaban, colgaba una sobrepuerta de madera semicircular con el dibujo de un ángel que sujetaba dos pilas de libros, una con cada mano. Los brazos ligeramente arqueados hacia delante, el cuerpo erguido y las alas extendidas a su espalda, como abanicos de seda. Delante de él, una bola de cristal donde se reflejaba el lomo de un libro que se encontraba separado del resto, colocado horizontalmente sobre el suelo. El único que no rozaba las alas del ángel.
María Francisca miró la sobrepuerta y luego a su tía Munda, quien se inclinó hacia su boca después de que ella le indicara con un gesto que quería hablarle.
—¡Tienes que encontrarlos! ¡Diles que yo les quería! ¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
Unos segundos después, la joven expulsó el poco aire que le quedaba en los pulmones y dejó la mirada clavada en el ángel del cuadro de madera”.


 
A la hora de analizar esta novela, desde un punto de vista del fondo del relato, creo que sería muy interesante separar la historia que nos plantea la autora, de la intrahistoria que subyace, a modo de telón de fondo, en ella. La historia es, fundamentalmente, esa búsqueda de los hijos que María Francisca, una de las hijas de las hermanas, implora en su lecho de muerte. Pero el gran mérito de Inma Chacón es que nos plantea un relato acronológico, con continuos saltos temporales. Y digo el gran mérito puesto que la autora consigue envolvernos en un relato tan, técnicamente, complejo de narrar. Aunque sobre este punto me detendré, de un modo más reposado un poco más adelante. Y, por otra parte, esa intrahistoria que sirve de telón de fondo al relato principal que no es otra que la situación, prácticamente marginal de las mujeres en aquella época de la historia, únicamente aptas para el cuidado de sus maridos y la crianza de los hijos. La autora nos muestra un bien documentado cuadro de aquella situación y las diferentes actitudes que las protagonistas tomarán ante aquello. Pero no sólo la situación de la mujer sino, en general, la situación de todos los obreros y trabajadores. “Munda quería conocer las condiciones en las que vivían los aparceros de las tierras de su familia y los operarios de las fábricas, la mayoría de ellos analfabetos y comidos por la miseria, como sucedía en el resto del país”. En otro fragmento la autora también nos plantea esas diferencias en una conversación que mantienen D.Ramón, el cura, y Munda:


(D.Ramón) la aleccionaba sobre el papel de la mujer como ángel sumiso de la casa, la resignación como única forma de enfrentarse a la pobreza y la caridad cristiana como solución a la injusticia, ella (Munda) le hablaba de igualdad entre el hombre y la mujer y el señorito y el criado, de la fraternidad como fórmula para redimir al hombre de su derecho a ser libre”.


Resulta evidente que “Tiempo de arena” es una novela con un importante trasfondo de denuncia social, una novela, en definitiva, comprometida, que toma parte y que no queda al margen.




Como refería al principio de esta reseña, si al cerrar las páginas de este libro, sentimos que ha conseguido emocionarnos y hacernos creíble la historia que nos ha relatado, es porque, entre otras causas, la novela está poblada de personajes creíbles, personajes de “carne y hueso”. Creo que Inma Chacón ha sido capaz de crear, dibujar, con un trazo seguro y elegante y, en definitiva, dar vida a unos personajes inolvidables. Las tres hermanas (Mariana, Munda y Alejandra) tan distintas entre ellas y tan necesarias a la hora de darnos esa visión de conjunto. Aunque al principio del libro reconozco que no me gustó mucho el planteamiento, pensaba que demasiado lineal y maniqueo de Mariana, pero que con el transcurso de las páginas consiguió que cambiará mi planteamiento inicial sobre él y consiguiera emocionarme. También muy emotivo el final de Munda en la novela y sobre todo la escena final con Manuel y el médico (y no cuento más para no descubrir el final de la novela, que sería imperdonable), pero pido, encarecidamente, al eventual lector de esta reseña, que al leer “Tiempo de arena” repare en estos detalles.



En “Tiempo de arena” uno de los personajes principales de la novela es el tiempo. De hecho en el encabezamiento de esta reseña he transcrito un fragmento que, en mi opinión, es toda una declaración de intenciones. Pues bien a lo largo de todo el texto veremos la importancia del tiempo y de su paso. “El tiempo es una fuerza que no necesita alimentarse para seguir su curso” “El tiempo no existe, querida Alejandra, somos nosotros los que nos empeñamos en medirlo”. Veremos cómo el tiempo va a jugar siempre en contra de las protagonistas y muy especial de Munda que no conseguirá, no llegará a “tiempo” de que se hagan realidad sus sueños, largamente esperados…



Inma Chacón nos introduce, en su novela, un factor adicional que es de la masonería. La masonería como “institución” que propugna el igualitarismo, que buscaba ser una luz en aquellos tiempos de oscuridad y tinieblas, pero sin embargo, asistiremos al final de la novela, que en el fondo también, en la propia masonería, no existe esa igualdad que ellos mismos propugnan. Al menos esa es mi interpretación. Al principio de la novela, lo reconozco, estuve un poco desorientado sobre la referencia a la pertenencia de algunos miembros de la familia Camp de la Cruz a la masonería, pero creo que ese final agridulce nos da la pista, y la explicación, del por qué la autora nos habla del movimiento masónico. No me resisto a transcribir, por última vez, un hermoso fragmento, bellísimamente escrito, de un funeral masónico:



“Sea tu lugar de descanso seguro y suave. Sea fragante la rama de acacia que florecerá en primavera y las flores que te visitarán. La dulzura de la última rosa del verano más largo se quedará contigo aunque los vientos de otoño destruyan su belleza. Sea para ti todo lo bello, bueno y verdadero de la Tierra, que no se verá afectado por la sombra ni por la oscuridad que divide el hoy del mañana. Tu luz no se perderá contigo. Volveremos a vernos un día…”.


Es una auténtica pena que, como es habitual, por problemas de espacio, no pueda, ni deba, alargarme mucho más en el análisis de esta magnífica novela. Las notas que he tomado sobre la novela darían para escribir, por lo menos, una reseña tres veces más larga. Únicamente me gustaría extenderme, tal y como comenté un poco más arriba, un poco más sobre la narración acronológica que hace la autora. Me ha sorprendido muy gratamente el dominio técnico de Inma Chacón a la hora de narrarnos esta historia, de un modo tan complicado, como es el relato acronológico, dando saltos en el tiempo. He reflexionado mucho sobre este particular y me he dado cuenta que este tipo de narración ha sido fundamental para contar esta historia. Además está tan bien hecho que sabes, en cada momento, en que punto estás de la narración. Ruego al lector que reparase en este detalle, para comprender la grandeza esta novela y el dominio narrativo de su autora. Veremos cómo las piezas encajan perfectamente en el relato y cómo, a pesar de que la novela empieza prácticamente por el final, se sostiene perfectamente toda la trama. Se ve que es una novela muy trabajada, una novela muy pensada y muy meditada… y eso, siempre, se agradece.



Tengo que reconocer que después de esta edición de los Premios Planeta me he reconciliado con ellos. Este año sí que puedo afirmar que las dos novelas finalistas han sido excepcionales y magníficas. En este mismo blog en el mes de enero hice también la reseña de “El imperio eres tú”.



Personalmente tengo que reconocer que esta historia, y su modo de contarla me ha cautivado completamente. Tengo que remontarme muy al pasado para haber sentido la emoción, tanto por la historia como por su manera de narrarla, que está sencilla e intimista historia ha despertado en mí. También me ha gustado, al final de libro y de las dedicatorias la última que hace Inma Chacón: “A dulce, por supuesto”.



Ya poco más me queda que recomendar muy encarecidamente la lectura y el disfrute de esta pequeña “obra maestra” a la que auguro, dentro de muchos años, un puesto dentro de nuestras mejores obras de la literatura contemporánea.



Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todos los méritos aquí expuestos y conforme a mi conciencia y modo de entender el arte literario, creo que la puntuación que haría más justicia a la novela “Tiempo de arena”, novela finalista del Premio Planeta 2011, de la autora Inma Chacón sería de un  8,75/10.


© Luis Alberto Cao

(Para ilustrar la reseña os dejo una interesante entrevista en profundidad a Inma Chacón)