viernes, 29 de mayo de 2020

La madre de Frankenstein. Almudena Grandes

Título: La madre de Frankenstein
Autores: Almudena Grandes..
Editorial: Tusquets Editores, S.A.
Colección: Andanzas. Episodios de una guerra interminable.
ISBN: 9788490667804
Fecha 1ª edición: 4 de febrero 2020.
Páginas: 560.



He escrito este libro en memoria de todas esas mujeres que no pudieron
 atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas,
que pasaron directamente de la tutela de sus padres a la de sus maridos,
que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para
 llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”
 (La madre de Frankenstein. Almudena Grandes)



“Aquel que reza para cambiar un suceso que ya ha ocurrido, reza en vano, pues ni siquiera Dios puede hacer que el tiempo retroceda” (El Talmud).




A mi linda flor de los Andes como siempre, para siempre y por siempre.



Cada vez que me siento ante el ordenador para escribir estas críticas literarias no puedo evitar que me atenace una sensación de responsabilidad que, en algunas ocasiones, llega a ser asfixiante. Y ésta, sin duda alguna, es una de ellas. Conforme avanzaba en la lectura y análisis de “La madre de Frankenstein” de la gran escritora madrileña Almudena Grandes, me sentía como en una montaña rusa de sensaciones que, ora conseguía embargarme, ora me arrobaba, subyugándome en algunos momentos, ora me dejaba una indefinible sensación de una cierta insatisfacción. Pero sin duda alguna, lo que más desasosiego me ha producido al cerrar el libro es recordar las magníficas y encendidas críticas, casi unánimes, recibidas por mis ilustres colegas de profesión que, sin duda alguna, tienen un mayor conocimiento y profundidad de análisis que este modesto bachiller, ponderando esta novela como, probablemente, la mejor de su autora. Sin embargo, lo que para mí es indubitable, lo que representa la esencia de toda una vida dedicada a la literatura es la honestidad. Sí. La honestidad y la responsabilidad con mi conciencia y con los eventuales lectores de esta reseña. A lo largo de esta crítica podré desarrollar y argumentar, con más detenimiento, en qué sustento estas opiniones.



Para intentar avanzar en el estudio y disección de esta novela, creo que es importante detenernos en el subtítulo de la novela en la que Almudena Grandes nos va a dar la clave temática que va a desarrollar en el libro. El título completo de la novela es “La madre de Frankenstein. Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de la España nacionalcatólica, Manicomio de mujeres de Ciempozuelos; Madrid 1954-1956”. Este subtitulo ya es toda una declaración de intenciones que nos da la pista, el tenor, el marco temático por el que va a discurrir la novela. Que no hay que perder de vista que a su vez está inserta en un marco general mucho más amplio como es ese magno y encomiable plan que son los “Episodios de una guerra interminable”. Homenaje evidente, por parte de la autora, y nunca suficiente para todos los que amamos la literatura, a la figura de D. Benito Pérez Galdós. Más adelante, cuando entremos al fondo del análisis me gustaría extenderme algo más en la figura de Galdós y su influencia sobre esta novela que, en ningún caso es baladí.



Como ya es habitual y siguiendo la metodología y el rigor propio de un análisis literario y con la intención de enmarcar el objeto de nuestro estudio voy a proceder a transcribir la sinopsis argumental de “La madre de Frankstein” que nos propone la misma editorial Tusquets:



“En 1954, el joven psiquiatra Germán Velázquez vuelve a España para trabajar en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid. Tras salir al exilio en 1939, ha vivido quince años en Suiza, acogido por la familia del doctor Goldstein. En Ciempozuelos, Germán se reencuentra con Aurora Rodríguez Carballeira, una parricida paranoica, inteligentísima, que le fascinó a los trece años, y conoce a una auxiliar de enfermería, María Castejón, a la que doña Aurora enseñó a leer y a escribir cuando era una niña. Germán, atraído por María, no entiende el rechazo de ésta, y sospecha que su vida esconde muchos secretos. El lector descubrirá su origen modesto como nieta del jardinero del manicomio, sus años de criada en Madrid, su desdichada historia de amor, a la par que los motivos por los que Germán ha regresado a España. Almas gemelas que quieren huir de sus respectivos pasados, Germán y María quieren darse una oportunidad, pero viven en un país humillado, donde los pecados se convierten en delitos, y el puritanismo, la moral oficial, encubre todo tipo de abusos y atropellos”.



Empezaré este análisis literario por el final. Me explico. Me ha parecido interesantísimo ese capítulo final, a modo de epílogo, titulado “La historia de Germán. Nota de la autora”. Me ha interesado sobremanera porque la autora en primera persona nos ha permitido acercarnos a la génesis del proceso creativo, a ese momento “mágico” de la creación literaria. Contemplaremos cómo la autora levanta los cimientos de su novela a partir de determinados hechos reales y una prolija labor de documentación y cómo va tomando forma y vida en sus manos. A mí, como ya he referido, me ha parecido delicioso este epílogo por la honestidad y la generosidad de Almudena Grandes por permitirnos asomarnos a ese “sancta sanctorum”, a ese reducto tan íntimo y personal de un escritor que, sin embargo, ella no ha tenido ningún remilgo en mostrarnos abiertamente.



Entrando ya propiamente en este análisis y para ser lo más didáctico posible en su exposición voy a intentar diseccionar la novela desde diferentes aspectos. En primer lugar vamos a estudiar el texto desde un punto de vista narrativo y estructural. “La madre de Frankenstein” es una novela estructurada en cuatro grandes partes: I. El asombro (1954), II. La compañía (1955), III. La soledad (1956) y IV. La madre de Frankenstein (y el epílogo anteriormente citado). Sin embargo sería muy miope considerar que la narración está tan ordenada y tan estructurada linealmente (en lo que se refiere al tiempo narrativo). Almudena Grandes es una de las mejores escritoras (y escritores, obviamente) y constantemente nos propondrá tanto cambios de narrador como cambios temporales y espaciales. Intentaré explicarme un poco más. A pesar de que por su planteamiento sea una novela muy exigente para el lector, la autora consigue hacer fácil su lectura. Con una técnica, que sólo ella maneja con tanta solvencia, nos permite pasar de la voz de un narrador en tiempo presente narrativo a otro segundo narrador en tiempo pasado en la línea siguiente. Y lo realmente difícil es que el lector comprende y asimila, perfectamente, este salto narrativo. La autora opta por utilizar tres voces narrativas: el doctor Germán Velázquez, María Castejón y Aurora Rodríguez Carballeira. Esta técnica narrativa nos va a permitir subjetivar la narración y darle una mayor veracidad. Llegado a este punto me gustaría puntualizar las críticas de algunos lectores que consideran el sectarismo de los personajes que pueblan las novelas de Almudena Grandes. Las críticas suelen observar que sus personajes son excesivamente “maniqueos” en los que los buenos son muy buenos y los malos son malísimos. Hay que considerar que la autora, por así decirlo, entiéndaseme, queda al margen de la narración. La apreciación que tenemos sobre la maldad o bondad de ciertos personajes es el punto de vista y por tanto muy subjetivo, como no podía ser de otro modo, del personaje que narra la historia.



Desde un punto de vista estilístico todas sus novelas muestran algunos rasgos interesantes que no pueden quedar al margen de un análisis literario. En “La madre de Frankenstein” hay muchos momentos realmente enjundiosos, solo a modo de ejemplo voy a citar un fragmento que mediante el uso de la expresión “en francés” convierte este texto en prosa en una suerte de prosa poética gracias a una especie de anáfora:



En francés escuché que mi palabra no tenía ningún valor, que mi dinero alcanzaría para comprar un billete de barco de tercera clase a Marsella, que eso daba igual porque no estaba autorizado a abandonar Orán. En francés me explicaron que para mí sólo había dos futuros posibles, una invitación expresa del ciudadano suizo que se hubiera ofrecido a acogerme en su casa, siempre que proporcionara garantías suficientes al Gobierno de París de que no iba a quedarme a vivir en su territorio y llegara acompañada de un billete que sólo él podría comprar y enviarme, o un campo de trabajo donde me reencontraría con la mayor parte de mis compañeros del Stanbrook, que se estaban incorporando ya a las obras de construcción del ferrocarril transahariano. En francés, una variante horrible y cargada de faltas de ortografía, escribí una carta al doctor Goldstein, explicándole mi situación, rogándole que escribiera a mis padres para que supieran que estaba vivo y a salvo, ofreciéndome a devolverle el importe de mi billete si se decidía a enviármelo. En francés me relacioné con los gendarmes que me trajeron la comida y me vendieron tabaco durante el mes y medio que pasé en un calabozo de aquella comisaría, donde ocasionalmente tuve algunos compañeros franceses y argelinos, nadie con quien pudiera hablar en español. En francés me recibió el comisario, …”



Comentaba al principio que esta novela es claramente deudora de D. Benito Pérez Galdós, probablemente uno de los autores más notables de la historia de la literatura en lengua castellana, y Almudena Grandes, en este centenario del fallecimiento de nuestro genial autor, le homenajea no solo explícitamente, como en el siguiente fragmento, sino también en su manera de narrar y en esa “asimilación” que sufre el personaje de María Castejón con la inmortal figura de Fortunata:



Eso pensé yo cuando me leí Tormento, que fue la primera y me encantó, pero tanto, tanto... Lo bueno de Galdós era que no se acababa nunca. Esos seis tomos tan gordos, ¡qué gusto! El caso es que doña Aurora también los tenía pero, claro, cuando yo iba a su cuarto a leer, era muy pequeña y me gustaban más otras cosas. Total, que en el verano de 1949, los señores me dieron dos semanas de vacaciones, que las del año anterior se las habían comido, porque como empecé a trabajar para ellos en septiembre del 47, dijeron que no me tocaban, pero en agosto del 49, me fui quince días a Ciempozuelos, con permiso de las monjas, claro está, y me llevé uno de los tomos de las novelas de Galdós de la parroquia. Me metí en el cuarto donde está ahora mi abuela, ese que tiene una forma tan rara, en el Sagrado Corazón, y aunque ella me interrumpía mucho, y me pedía que la ayudara cada dos por tres, me leí Fortunata y Jacinta dos veces seguidas. Es que cuando la terminé, no me apetecía leer ninguna otra cosa, así que me la empecé otra vez. Y no me arrepentí, no crea, me pareció un libro maravilloso”.




Como ya sugiere el subtítulo de la novela “Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de la España nacionalcatólica, Manicomio de mujeres de Ciempozuelos; Madrid 1954-1956” la autora nos va a proponer una novela, extraordinariamente documentada, que nos va a transportar a una época muy gris de nuestra historia reciente. Ejemplo de esta exhaustiva labor de documentación sería este párrafo:



“No creo necesario detenerme mucho en la obra de Antonio Vallejo Nájera, célebre autor de la teoría del llamado «gen rojo», que establecía una relación directa entre el marxismo y la debilidad mental, o imbecilidad, como escribió él en ocasiones. Pero, por si algún lector tiene alguna duda, aclaro que lo que Germán Velázquez aprendió de su padre es rigurosamente cierto. También lo es que las teorías eugenésicas que Vallejo desarrolló en obras como Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza (1937), Eugamia: selección de novios (1938) o Política racial del nuevo Estado (1938), dieron amparo teórico al robo de niños recién nacidos que se practicó a lo largo de la dictadura franquista, primero en las cárceles, arrancando a los bebés de los vientres de las presas políticas, después en clínicas privadas y coyunturas mucho menos dramáticas que la que se cuenta en esta novela. A menudo, bastaba con que una mujer acudiera sola a determinadas clínicas para que saliera sin el bebé que acababa de parir y con un falso certificado de defunción del niño, o la niña, que crecerían en una familia ajena, sin conocer a sus verdaderos padres. Y aunque no puede achacarse responsabilidad directa en este asunto a ninguna orden religiosa, ni a la Iglesia católica como institución, lo cierto es que, desde que se empezó a investigar con rigor, no es raro encontrar algún sacerdote, o alguna monja, trabajando mano a mano con algún médico en las redes que se dedicaron a robar niños en la España de Franco y aún después”.



La propia Almudena Grandes nos describe los mimbres de su novela: “La madre de Frankenstein es una novela de ficción construida sobre hechos reales. Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora Rodríguez Carballeira, una realidad que parece un alucinante, incluso delirante, argumento de ficción. Porque alrededor de la madre de Hildegart, de su vida, de su crimen y su destino, se fueron trenzando un buen número de historias, algunas falsas y muy hermosas, otras ciertas y mucho más feas”. A lo largo del relato desfilarán más de 100 personajes que, incluso los más episódicos, están trazados con pulso firme y llenos de vida. Con toda seguridad los lectores guardarán en su recuerdo a muchos de estos personajes, algunos entrañables, otros en su mezquindad aborrecibles, pero siempre, como señalaba un poco más arriba, vivos. Otro de los grandes aciertos que tiene la exquisita edición de Tusquets es el detallado censo de personajes que aparece al final del libro, ordenados con criterios  “topográficos”. A través de los personajes la autora nos mostrará, descarnadamente, aquella triste realidad de los vencidos en la guerra, de las mujeres, de los homosexuales y, en definitiva, como siempre, de los más desfavorecidos:



“En 1941, en aquel cursillo al que asistió a la fuerza, Eduardo conoció a otro homosexual, un hombre de cuarenta años y aspecto muy sombrío, casado, con hijos, que hablaba poco y daba la impresión de estar completamente doblegado. El primer día tomó la palabra para confesar en público sus pecados y su arrepentimiento en un tono de humillación tan impúdico que daba vergüenza escucharle. Pero a uno de los asistentes del director del cursillo, un sacerdote recién salido del seminario que se llamaba Pedro Armenteros, le impresionó tanto aquella intervención que le animó a compartir su experiencia con un joven estudiante que ya había pasado por las manos de tres psiquiatras madrileños muy conocidos. Los tres le habían asegurado a la señora Méndez que la homosexualidad era una simple enfermedad para la que existían curas eficaces. Desde la hipnosis hasta los electrochoques, Eduardo había experimentado todo un catálogo de soluciones terapéuticas que había dado sus frutos, depresión, insomnio, anemia, ansiedad. Aquel cursillista había transitado antes que él por el mismo camino, y sin reconocer explícitamente que su arrepentimiento era fingido, una simple estrategia para sobrevivir, le recomendó que se ingresara una temporada en el Sanatorio Esquerdo, una clínica privada rodeada por un inmenso pinar, en las afueras de Carabanchel”.



Como sucede en muchas otras novelas de Almudena Grandes y muy especialmente en esta serie de “Episodios de una guerra interminable” veremos que lo único que queda al ser humano, aún en las situaciones más vejatorias y adversas es la dignidad. En esta novela se aprecia con mucha claridad en muchos de los personajes que actúan con dignidad. En concreto vemos cómo uno de los personajes (y no doy más pistas para no reventar la novela, nada más lejos de mi intención) es capaz de enhebrar este canto a la dignidad:



“España es mi país, padre Armenteros —a cambio, sonreí yo también—, por mucho que le joda. Ya sé que le habría gustado que los suyos acabaran con todos los españoles como yo, pero no pudieron, y no fue porque no lo intentaran, desde luego. Así que España es tan mía como suya, aunque no le guste. Usted no es más español que yo. Y no tiene ningún derecho a opinar sobre si mi país me conviene o no. Eso lo decidiré yo, si no le importa”.



Comenzaba la redacción de este análisis literario confesándoos mi desasosiego al no suscribir el excesivo entusiasmo, por parte de la crítica especializada, a la hora de analizar “La madre de Frankenstein”. Intentaré aclarar el porqué de mi divergencia con esa opinión casi unánime. Es indudable que este texto es una buena novela, qué duda cabe. Es casi imposible que una autora del conocimiento técnico, del oficio y del talento de Almudena Grandes haga una “mala” novela. En mi opinión una de las causas que hace de este texto una novela “imperfecta” (valga la expresión) sería su excesiva extensión. En concreto me refiero a que, insisto, siempre en mi opinión, en este largo río narrativo la autora nos propone algunos meandros superfluos y que solo contribuyen a disminuir el caudal (el interés narrativo) y la calidad del texto. En concreto hay una larga digresión, una hebra narrativa, que en mi opinión no aporta absolutamente nada y entre unas cosas y otras se prolonga durante decenas de páginas de la novela (por respeto a la autora, por supuesto, me vais a permitir que no reviente la novela comentado a qué subtrama me refiero, pero estoy seguro, amigo lector, que después de leer el libro, cuya lectura recomiendo, entenderás a qué me refiero). Pues bien esos momentos magníficos, esas grandes cumbres narrativas, se ven mezcladas por profundos valles que, como en el caso al que me he referido, solo provocan oscuridad y, para mí, un cierto hastío: largas subtramas que poco o nada aportan a la historia principal que se narra. Y este es un problema que observo muy a menudo en la literatura actual. Dicen las leyendas urbanas que son los editores lo que fuerzan a los autores para que escriban libros más voluminosos, por incompresibles razones para mí de marketing y venta. No sé a ciencia cierta si esta leyenda urbana tiene un sustento de realidad o no, pero lo que sí que puedo afirmar es que esta “buena” novela podría haber llegado a ser “excelente” con cien páginas menos. Siento tener que discrepar con la crítica especializada pero, para ser fiel a mí mismo y por respeto a todos vosotros, esta es mi modesta opinión.



Ya para terminar esta larga reseña y eso que he hecho propósito de no extenderme tanto, algo utópico tratándose de un texto tan rico en matices, y a modo de resumen, me gustaría hacer hincapié en algunos puntos nucleares. No es un descubrimiento si digo que Almudena Grandes es una grandísima escritora y que novela tras novela nos demuestra su capacidad narrativa y su depurada técnica. Recursos técnicos que, a poco que se profundice en su análisis, nos muestran cómo le ayudan a solventar, con mucha variedad y elegancia, las dificultades propias de un relato a tres voces y con constantes saltos temporales y espaciales. Su delicadeza y sensibilidad para dotar de vida a personajes tan complejos y difíciles como el de Doña Aurora Martínez Carballeira que dada su enfermedad mental resulta tan difícil de insuflarla vida y, sobretodo, credibilidad. Y, hablando de personajes, cómo no citar uno de los personajes más encantadores de la novela y su progresión y crecimiento a lo largo del texto como es el de María Castejón. Y por último comentar que Almudena Grandes es una autora que sabe insuflar verdad y vida a sus relatos, algo que, por desgracia, cuesta cada día más encontrar en la literatura actual.




Dicho todo lo cual y considerando todos los méritos aducidos, y atendiendo a todas la razones expuestas con anterioridad creo que la puntuación más ajustada y que más justicia hace a “La  madre de Frankenstein”  (5ª novela de la serie “Episodios de una guerra interminable”) de la escritora madrileña Almudena Grandes sería de un 8,00/10.




Otra reseña de Almudena Grandes

El lector de Julio Verne

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